Llegué tarde. Como siempre. La ciudad me abrió sus puertas sin juzgar mi antes, y entendiendo que mi después era poco relevante en ese momento. Me contó alguno de sus secretos y cantó durante más de un amanecer las ganas que tenía de colorearme, saliéndose de los márgenes, la vida. Dimos eternos paseos por toda su geografía, tan gris y tan sucia. Manteniendo conversaciones que no llevaban a nada y en las que dábamos todo. Alguna que otra noche lloró más de lo que debería; empapó mis sábanas y mis toallas, y me arrebató la oportunidad de secar mis huesos. Tan calados de ti. Tan calados de mí. En un tiempo en el que ya no era yo.
A pesar del tono grisaceo, la lluvia de sus ojos y el sonido inexistente de los niños que juegan en el parque más cercano, ella gritaba felicidad. Solo que nunca supe leer entre gritos. Y llegué tarde a comprender que existen lugares que entienden de otra manera todo esto de sobrevivir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario