miércoles, 30 de julio de 2014

Y entonces miré a la pared, y me topé conmigo en cada uno de los papeles que reposan sobre ella.
Me vi. Junto a P, mi mejor amigo, en una de esas interminables colas para ver a cualquiera de nuestros grupos favoritos. Ese es el momento, el de comentar el deseo por los temas que esperamos que suenen, que nos evocan a días pasados en los que disfrutamos como nunca. Y como compañía un par de latas de cerveza y las ganas de sentir de nuevo el latido de esas guitarras. Verano. También huelo en ella el verano. El salitre de nuestras pieles que apenas se han lavado, buscando cualquier sitio para tomarnos, algo y a nosotros. A nosotros, sobre todo. Al contacto de las grietas de tus labios con los míos, a encajar nuestras heridas, húmedas, y aún saladas. A la línea 6 del metro de Madrid, que se cruza con la tres, la amarilla, la de mis madrugadas fugaces. Y se funde con la cuatro, la de mi estado más sólido. Porque aquí he ido de estado a estado, de líquido a sólido y a gaseoso y vuelta a empezar. De piso a piso, de bloque en bloque, con unos vecinos y con otros, pero siempre contigo. A caminar sola en búsqueda de todo menos de mí. Por miedo a encontrarme y a perderme en mi encuentro. Por miedo a la búsqueda que suponen tus manos. Porque he disfrutado de cada uno de los rincones de esta ciudad los domingos de resaca. De pasiones y de ron. Al calendario que he ido pasando. Tapando los errores de febrero con las metas de marzo y lo he vuelto a hacer con abril y con mayo. Ahora llega junio y mi único deseo es volver a colocar esas páginas en blanco, y volver a escribirlas, con cariño y despacio.Los pósters de las películas que he visto, contigo, en el cine de aquí abajo. Y la ropa sucia, del frío imborrable de esta ciudad. Sobre todo las noches que no estoy, ni quiero estarlo.

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