Y entonces miré al final de la barra. Batallaban el peor de los vacíos contra aquel mar espumoso y bronceado, que luchaba por seguir presente en esa esquina de la calle mayor.
Y venció el miedo, y la urgencia, ese tipo de urgencia que ahora lo controla todo. Y ese tipo de todo que ahora es sólo un inmediato. Lo que ponía límites a esas cervezas, ese cristal desgastado, con mil millones de huellas que ya ni recordarían haberlas tocado. Poco menos de un culo por un lado y más de la mitad por el otro.
Prisas por arrasar con todo y con todos y estar a solas, con el fuego y su cuerpo, con su cuerpo, que es fuego.
Nervios que impidieron que esa cerveza fuera vencida del todo. Y más de muchísimas historias que rondan por mi cabeza imaginando que era lo que envolvía la atmósfera de aquellos dos vasos vacíos, que fueron enteros durante unos minutos. Me gusta pensar que la suma de unos tragos de ese amarillo burbujeante y la pasión que recorría aquellos desconocidos cuerpos formaron el cóctel perfecto para mandarlo todo a la mierda. Venerando y honrando el arcaico <horror vacui>, ese vacío que ocupan, que cada vez es más grande por la proximidad de sus cinturas. Manchándose de culpa. O quizás no. Quizás fueron otras dos circunstancias, que es lo que somos, impacientes por fulminar la incomodidad que les producía estar tan cerca, cuando la rabia estaba presente y el deseo se había marchitado. Tres cuartos de ella, repartidas en dos vasos de medio litro, que quedarían ahí para el resto de los tiempos, porque no supieron resolver las dudas ni los miedos ni el rencor. Por quererse tanto y tan mal. Por descuidarse y descuidarlo todo. Por el abandono hacia los días que ya no están ni volverán. Por esos labios, que ya están muertos y sin regar.

