jueves, 23 de julio de 2015

LA

Él hablaba del universo. De la cuota de vida de las estrellas y de sus distancias. De los kilómetros que nos separaban de aquellos suspiros brillantes. Del hidrógeno y del sol. Del romance clandestino de este y nuestro satélite. Del núcleo del planeta, del hierro y del oro. De los miedos de la tierra y de sus tembleques. Y yo no le escuchaba. O sí, porque ahora mi cabeza me dispara datos que ni siquiera entiendo. Quizás le escuché más de lo que nunca creí. Quizás dudé de mí por encima de nuestras posibilidades. En júpiter hay lluvias de diamantes y en Venus la atmósfera es de azufre. 
Solo me tumbé sobre sus dudas. Las de venirse conmigo a LA el año próximo. Y aprender inglés viviendo, y viviéndonos. Atragantándonos de vida, mordiendóla sin prisa. Muriéndonos con calma. Que es lo que hacemos cada día, morir un poco más, viviendo. 
Me vino un olor ya lejano, pero más familiar que ninguno. 
Solo recuerdo dos olores: este y el del portal de la casa de mis abuelos paternos, en Salinas, el pueblo asturiano donde nació mi padre. Y donde nacieron mis primeros instintos, de todo tipo. 
Este olor del que os hablo, el primero, el que volvió a mí aquella noche de dudas, era como el amigo de la gran ciudad al que solo ves en verano; durante los meses estivales se convierte en tu máximo confidente y el día en el que agosto se apaga, este vínculo hiberna durante diez meses. Durante el curso escolar a ti te crecen cosas que no sabías que estaban ahí y a él le muda la voz. Y no sabéis nada el uno del otro. Pero el primer helado de la temporada bajo el cielo despejado de la bahía... ese momento es solo vuestro. 
Ese olor me recordó a aquellas noches en las que éramos héroes y me invadieron las ganas de quedarme a vivir en tí.
Pero tenía que irme. Eran Los Ángeles y la vida ya no me perdonaba más deudas.

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