miércoles, 27 de mayo de 2015

Cuentos chinos para niños del Japón

¿Sabes qué? Esta mañana, al salir de la ducha he mirado a los ojos del tímido cristal que coexiste conmigo, en mi habitación; adopta una imagen u otra según con quién esté. Tiene tan poca personalidad… Y me ha mostrado algo diferente a los demás días. Un pequeño moratón ha ocupado parte de mi muslo. Y ni me he inmutado. Sé que tú me entenderás, sabes de lo que hablo ¿verdad? Creo que por fin lo he superado. La gente se ríe cuando ve el terror dibujado en mi cara. Ese terror aparentemente gracioso, de comedia mala, casi ridícula. Pero sé que tú sabes de lo que hablo. Es irónico, cuando me desnudé ante ti me desprendí del frío. Me fundí con la temperatura del ambiente. A veces me lo cuento a mí misma, en cualquier actividad cotidiana. Me ayuda a recordarme que eso ya no forma parte de mi vida. Como hoy, yendo a la universidad, he vuelto a hablar conmigo. Y me lo he contado. Aquel día, hace ya siete años, me desperté con la energía característica de una niña de trece años. Faltaba una semana para las vacaciones de Navidad y la víspera murciana era todavía mejor que aquel periodo vacacional. Ver la ciudad vestida de fiesta, expectante; repasar los catálogos de juguetes como si de un examen final se tratase, pasar las tardes en la feria de San Esteban... La feria ya no se hace allí, los gigantes del dinero han puesto aquello patas arriba, con la absurda pretensión de construir un aparcamiento para coches. Desterrando a las personas y a las historias que albergaban en ese lugar para dar cobijo a máquinas de motor. Bueno, que me voy del tema, ya me conoces. Me levanté de la cama casi delirando de la emoción por el día que me esperaba. Había quedado con mis amigas sobre la una, íbamos a ir a la feria. El fin de semana anterior habíamos conocido a los hijos de los feriantes, los del tren de la bruja, y entre empujón y empujón habíamos intercambiado unas cuantas sonrisas. Algo muy raro, desconocido para mí, recorría todo mi cuerpo aquella mañana. Deseaba con todas mis fuerzas que el reloj marcara la una, y verle de nuevo, en esa sucia caseta. Aquel errante luchador, junto a su familia, pasaba dos semanas de diciembre y una de enero en San Esteban. Su padre se encargaba de vender los tickets para el tren de la bruja. Su hermano mayor, con una peluca bastante fea, se dedicaba a intimidar con una escoba a los valientes niños que viajaban por las vías de aquel tren. Y la madre, siempre con la mirada enfocada al infinito, vendía algodón de azúcar en el puesto de al lado. El día anterior había colonizado mi pierna un moratón que se agigantaba por momentos. Yo no le di importancia. Siempre fui una niña bastante hiperactiva. En el colegio decían que tenía azogue, una expresión que hasta algunos años más tarde no logré darme cuenta de lo poco común que es fuera de Murcia. Pero pude ver la preocupación de mi madre en sus ojos. A media noche me desperté y le vi, mirándome las piernas. Tampoco le di importancia. Es madre, pensé. Las madres son así de raras. Pero la mañana siguiente aprovechó ese instante en el que permanecía estática; el desayuno. Me dijo que le acompañara a La Vega, el hospital donde trabaja. A mí me encantaba visitar ese lugar y perderme entre los eternos pasillos que guardaban  las medicinas,  las vendas y demás artilugios que yo consideraba divertidos. Así que le acompañé, o eso creí yo, porque en realidad la que me acompañó fue ella. Acabé en una consulta, un médico me inspeccionaba de arriba abajo, con cara de asombro. Yo solo deseaba que se diera prisa, ya era más de la una y mis amigas estarían disfrutando en la feria sin mí. Pero entonces me fusilaron a pruebas. Y me obligaron a dormir allí. Yo no sabía que estaba pasando, solo era un morado. Entendía que el mundo de los adultos era así de desconcertante, se contentaban arruinándonos los planes a los niños, porque se morían de envidia. Y la furia se expandía dentro de mí, creo que quedaba reflejada en los morados, que no cesaban. Cada vez eran más y más grandes.

Pastora. Ella fue la que me hizo entender un poco todo. Solo un poco. En su bata ponía que era “hematóloga”. Nunca había escuchado esa palabra. Demasiada nueva información quería inundar mi cerebro, ansioso de todo menos de la claustrofóbica sensación a la que me encontraba en esa gélida sala. Me dijo que no me moviera, que guardara reposo. Y que no me pusiera nerviosa. Para mí era algo complicado, ya te he dicho que no puedo estar quieta. Insistió. “No te muevas, te saldrán más morados y no podrás irte de aquí”. Lo que yo pude interpretar, con esa información masticada y pasada por mil millones de filtros, es que algo en mi sangre no funcionaba del todo bien. No era culpa mía, son cosas que pasan. Me explicó que por la sangre viajan tres tipos de células y se centró sobre todo en las plaquetas. Ellas eran las encargadas de evitar que, si me daba un golpe, me desangrase. Argumentó que la cifra normal de plaquetas en sangre debía ser entre 250.000 y 50.000. Y que yo solo contaba con 15.000. Y podría sufrir un derrame dentro de mí. Me obligó a no moverme, pasara lo que pasara. Y un constante de susurros apenas descifrables se apoderó de mi habitación. ¿Qué hablaría mi madre con todos esos médicos? ¿Qué les decía a las visitas que yo no pudiera escuchar? Yo solo enseñaba mis moratones a los amigos que acudían a mi búsqueda. Todos me repetían que me estaba perdiendo la última semana antes de navidad, ¡era la mejor! Los bailes de los diferentes cursos, los villancicos, las carrozas… Todavía guardaba en la mesilla de al lado de mi cama el pase para el tren de la bruja. Habían pasado ya cinco días, los médicos me sonreían. Cada día me hacían un análisis de sangre, al principio me aterrorizaban, después pasaron a ser como el postre de la comida. Y llegó el viernes. ¡50.000! gritó Pastora. ¡Eres una campeona! Parece que mis plaquetas respondían al tratamiento. Yo me alegré, pero no demasiado. Temía alegrarme demasiado y que ellas descendieran. Me habían repetido tanto lo de mi nerviosismo… Por la tarde mi madre me dijo que nos íbamos, que por fin nos íbamos. Con la misma ropa de aquel sábado, pisé el suelo de la ciudad y volví a escuchar los sonidos estridentes que habitan en ella. “Qué bonita es Murcia”, pensé. Todo sigue igual. Para mí habían pasado ocho o nueve milenios y la ciudad seguía con las mismas ganas de dar vida. Desde ese día comencé a calcular cada día que volvía a despertar. Cada mínima mancha que salía en mi piel, cada dolor de cabeza… eran el principio de una terrible enfermedad que acabaría conmigo. ¿Gripe? ¿Para mí? El fin de mis días. A lo largo de la semana me moría once o doce veces. Controlaba infinidad de enfermedades y los causantes de estas. No lograba comprender como las demás personas podían vivir tranquilas estando tan cerca la muerte. Las plaquetas jamás volvieron a fallarme pero el sin vivir al que me exponía mi cabeza era cien mil veces peor. Mi madre me prohibió ver películas o series de médicos. Escondió el libro sabio, que contenía todos los síntomas y causantes de las diferentes enfermedades. Me acuerdo cuando te lo conté, creo que lancé más de la mitad de enfermedades ficticias muy lejos de mí. Espero que no te las llevaras contigo, no podría soportarlo. Pero todo eso terminó y hoy, hoy me he mirado al espejo y no le he dado importancia a ese morado. Una vez escuché que si no miras a los monstruos estos desaparecen. Pero yo los miro, les mantengo la mirada y ellos huyen. 

martes, 26 de mayo de 2015

Mayo

Llegué tarde. Como siempre. La ciudad me abrió sus puertas sin juzgar mi antes, y entendiendo que mi después era poco relevante en ese momento. Me contó alguno de sus secretos y cantó durante más de un amanecer las ganas que tenía de colorearme, saliéndose de los márgenes, la vida. Dimos eternos paseos por toda su geografía, tan gris y tan sucia. Manteniendo conversaciones que no llevaban a nada y en las que dábamos todo. Alguna que otra noche lloró más de lo que debería; empapó mis sábanas y mis toallas, y me arrebató la oportunidad de secar mis huesos. Tan calados de ti. Tan calados de mí. En un tiempo en el que ya no era yo.

A pesar del tono grisaceo,  la lluvia de sus ojos y el sonido inexistente de los niños que juegan en el parque más cercano, ella gritaba felicidad. Solo que nunca supe leer entre gritos. Y llegué tarde a comprender que existen lugares que entienden de otra manera todo esto de sobrevivir