Me han preguntado por el después. Por septiembre. Por mis 23.
He contestado que Australia. Que va a atardecer y no quiero que me pille durmiendo. La vida ya no me perdona más deudas. Sé que tengo 23 razones por las que no irme, y que tengo 23 razones por las que hacerlo.
Necesito comprobar que la tierra no es plana, que no mienten. Que Santa María, que Pinta y que Niña. Que no aguanto más sin ver dónde han ido a parar los sueños que he depositado cada verano, tras la linea del horizonte de Bahía. Que quiero tener un amigo coreano que hable francés. Un error puntual, un acierto a destiempo. Que quiero pensar en braile, bailar en latín y cantar en domingo. Entender las letras de las canciones que me acunan cada noche desde hace ya ni me acuerdo. Que quiero Adelaida y Nueva Zelanda y Camberra. Que quiero tener miedo, para que jamás vuelva a tenerlo. Quiero subirme a un avión y veros desde arriba. Hacer una carrera con la luz, en silencio, y ganarle. Echar de menos mi tierra para luego no tener que echarla de más.
Quiero quemarme la piel, mancharme de arena, llorar porque sí. Gritar desde aquí, y que me oigan allí. Me apetece dormir en la playa. Enterrar mis inviernos. Pulsar el play. Poner a grabar. Y ver mi película en todos los idiomas del globo, sin subtitulos. Con sus efectos especiales, y sus especiales defectos.
Quiero una postal en vuestro buzón y una razón por la que escribir. Quiero volver a leer ese libro que nunca tuvo sentido, pero que ahora sí. Quiero retorcerme por dentro, que es la única manera de ser feliz que conozco. Quiero encontrar la belleza. Y coger un tarro y guardarla. Y enseñárosla a mi vuelta. Junto a todas los cuadros que van a pintar las ciudades en mi iris.
Quuiero ponerme las gafas de sol y cerrar los ojos, disimulando, diciendo en alto que conozco el camino. Perderme entonces, que es la forma con la que acostumbro a encontrarme. Buscar el tesoro, la pócima, la ecuación, el interrogante, el prólogo. Conocer un grupo de la costa australiana y comprarles su disco. Escucharlo durante toda mi travesía y después... Ponérselo a mi hijo. Que crezca bailando y riendo y llorando. Que cumpla 18. Regalárselo. Envuelto con las alas que me hicieron volar a mí y, que en su día, os hicieron volar a vosotros.